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  1. Ilustración para el capítulo 18 de la Serie Colapso de Jaime Paz. La serie se está publicando AQUÍ

    Ilustración para el capítulo 18 de la Serie Colapso de Jaime Paz. La serie se está publicando AQUÍ


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" alt="Mi última creación. Por si te gustan los dibus de tattos y de maras y todas esas hostias #tattos #salvatruchas #mara18">

Mi última creación. Por si te gustan los dibus de tattos y de maras y todas esas hostias

#tattos #salvatruchas #mara18

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  • Colapso 16 by ~franki02
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  • Colapso 15 by ~franki02
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  • " alt="Leire Martín ha realizado un 3D de una ilustración mía de hace mucho tiempo y me ha alegrado el día. Gracias Leire! http://leiremartinanimation.blogspot.com.es/2012/12/basado-el-la-ilustracion-de-fran.html">

    Leire Martín ha realizado un 3D de una ilustración mía de hace mucho tiempo y me ha alegrado el día. Gracias Leire!

    http://leiremartinanimation.blogspot.com.es/2012/12/basado-el-la-ilustracion-de-fran.html

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  • " alt="Realizado con adobe Illustrator cs3. Los protagonistas de El Cielo Está Enladrillado se divierten celebrando su fiesta de cumpleaños en el baño.  El Cielo Está Enladrillado es un cómic online que se publicó entre 2005-2011 en esta web http://www.elcieloestaenladrillado.com/">

    Realizado con adobe Illustrator cs3. Los protagonistas de El Cielo Está Enladrillado se divierten celebrando su fiesta de cumpleaños en el baño. 

    El Cielo Está Enladrillado es un cómic online que se publicó entre 2005-2011 en esta web http://www.elcieloestaenladrillado.com/

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  • Un circo en miniatura (parte I). 
            Había adiestrado a cacatúas silenciosas, perros de lanas sin pelo, elefantes desmemoriados y tigres asustadizos; en lo que respecta a mi oficio, ya no tenía hitos que conquistar. Excepto en el mundo de los insectos, se me ocurrió de pronto. Los circos de pulgas nacieron a mediados del siglo XVIII; al principio, el empresario circense se limitaba a sacar provecho de los actos reflejos que los animalitos exponían en cada función. Las pulgas saltaban, corrían, empujaban con sus patas una gran variedad de objetos, siempre sometidas por un dogal al cuello compuesto por un hilo de oro o, en su substitución, cuando se disponía de pocos recursos, por un cabello humano; a ser posible el cabello largo y dorado de una mujer rubia. Ambos, el hilo de oro y el cabello humano, eran usados de efectivo arnés con el que controlar a las vivarachas y diminutas bestezuelas… 
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Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.
Si te interesa nuestro anterior trabajo: ‘Sala de Despiece’ lo puedes encontrar en  http://es.united-pc.eu/libros/narrativa-novela/sala-de-despiece.html?L=6

    Un circo en miniatura (parte I). 

                Había adiestrado a cacatúas silenciosas, perros de lanas sin pelo, elefantes desmemoriados y tigres asustadizos; en lo que respecta a mi oficio, ya no tenía hitos que conquistar. Excepto en el mundo de los insectos, se me ocurrió de pronto. Los circos de pulgas nacieron a mediados del siglo XVIII; al principio, el empresario circense se limitaba a sacar provecho de los actos reflejos que los animalitos exponían en cada función. Las pulgas saltaban, corrían, empujaban con sus patas una gran variedad de objetos, siempre sometidas por un dogal al cuello compuesto por un hilo de oro o, en su substitución, cuando se disponía de pocos recursos, por un cabello humano; a ser posible el cabello largo y dorado de una mujer rubia. Ambos, el hilo de oro y el cabello humano, eran usados de efectivo arnés con el que controlar a las vivarachas y diminutas bestezuelas… 

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    Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.

    Si te interesa nuestro anterior trabajo: ‘Sala de Despiece’ lo puedes encontrar en  http://es.united-pc.eu/libros/narrativa-novela/sala-de-despiece.html?L=6


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  • Rigores de una guerra moderna. 
            De nuestra compañía tan sólo quedábamos seis, Anderson, Derian, Audrey, Jeffrey, Rusell y yo, el sargento había caído durante el repliegue a nuestra actual posición; un muro alto y grueso capaz de detener los impactos de bala. Por mis dotes de mando, debidos a mi experiencia y mayor edad (toda la compañía estaba compuesta por niñatos recién salidos de la Academia), me hice cargo de la situación. Sin moverme un milímetro de mi posición, los riñones clavados a la pared salvadora, y mientras las balas aullaban por encima de ésta y las detonaciones de las bombas perdían su intención mortal tras el grosor del muro, alcé la voz por encima del estruendo bélico. 
            —¡Anderson, páseme la radio!
            Anderson, en el otro extremo de la hilera de soldados confundidos y, ¿para qué ocultarlo?, atemorizados, pasó la radio a Derian, éste, a su vez, a quien tenía más cerca, el soldado Jeffrey, el soldado Jeffrey a Rusell, Rusell a Audrey, el cual, sin perder un momento, me la entregó a mí. El soldado Neal Stephenson, del cuerpo de infantería aero-transportada. 
            El fuego enemigo se acrecentó; incapaces de abandonar el parapeto de hormigón, nuestras espaldas se pegaron al muro con más fuerza. Como si pudiéramos fusionarnos a él.
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Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.
Si te interesa nuestro anterior trabajo: ‘Sala de Despiece’ lo puedes encontrar en  http://es.united-pc.eu/libros/narrativa-novela/sala-de-despiece.html?L=6

    Rigores de una guerra moderna. 

                De nuestra compañía tan sólo quedábamos seis, Anderson, Derian, Audrey, Jeffrey, Rusell y yo, el sargento había caído durante el repliegue a nuestra actual posición; un muro alto y grueso capaz de detener los impactos de bala. Por mis dotes de mando, debidos a mi experiencia y mayor edad (toda la compañía estaba compuesta por niñatos recién salidos de la Academia), me hice cargo de la situación. Sin moverme un milímetro de mi posición, los riñones clavados a la pared salvadora, y mientras las balas aullaban por encima de ésta y las detonaciones de las bombas perdían su intención mortal tras el grosor del muro, alcé la voz por encima del estruendo bélico.

                —¡Anderson, páseme la radio!

                Anderson, en el otro extremo de la hilera de soldados confundidos y, ¿para qué ocultarlo?, atemorizados, pasó la radio a Derian, éste, a su vez, a quien tenía más cerca, el soldado Jeffrey, el soldado Jeffrey a Rusell, Rusell a Audrey, el cual, sin perder un momento, me la entregó a mí. El soldado Neal Stephenson, del cuerpo de infantería aero-transportada.

                El fuego enemigo se acrecentó; incapaces de abandonar el parapeto de hormigón, nuestras espaldas se pegaron al muro con más fuerza. Como si pudiéramos fusionarnos a él.

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    Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.

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  • Estallido sociópata.
 De nuevo, hacía días que no sabía de Raúl; de modo que puse mis pies en movimiento para averiguar en que andaba metido mi amigo jorobado, en que despropósito se hallaba enzarzado o que novedosa aflicción reconcomía sus huesos. La sorpresa me golpeó en cuanto alcancé la calle que permitía el acceso al bloque de pisos donde vivía Raúl, un coche de policía municipal había cerrado el tránsito a personas y vehículos. El transporte de bandas blancas y negras, con el parpadeo lumínico de una sirena silenciosa instalado sobre el techo, permanecía atravesado en mitad del asfalto y dos guardias, en pie, a cierta distancia del coche-patrulla, impedían el paso a quienes pretendieran internarse por la calle. A su vez, a unos cien metros del primero, un segundo vehículo policial había cortado el acceso a la misma calle desde su otro extremo; como suele decirse en esto casos, la zona estaba acordonada…
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Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.
Si te interesa nuestro anterior trabajo: ‘Sala de Despiece’ lo puedes encontrar en  http://es.united-pc.eu/libros/narrativa-novela/sala-de-despiece.html?L=6

    Estallido sociópata.

    De nuevo, hacía días que no sabía de Raúl; de modo que puse mis pies en movimiento para averiguar en que andaba metido mi amigo jorobado, en que despropósito se hallaba enzarzado o que novedosa aflicción reconcomía sus huesos. La sorpresa me golpeó en cuanto alcancé la calle que permitía el acceso al bloque de pisos donde vivía Raúl, un coche de policía municipal había cerrado el tránsito a personas y vehículos. El transporte de bandas blancas y negras, con el parpadeo lumínico de una sirena silenciosa instalado sobre el techo, permanecía atravesado en mitad del asfalto y dos guardias, en pie, a cierta distancia del coche-patrulla, impedían el paso a quienes pretendieran internarse por la calle. A su vez, a unos cien metros del primero, un segundo vehículo policial había cortado el acceso a la misma calle desde su otro extremo; como suele decirse en esto casos, la zona estaba acordonada…

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    Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.

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  • La llama de la sabiduría (parte II).
“Mientras la gente se quemaba a nuestro alrededor, los científicos insistían en la imposibilidad del mencionado fenómeno causante de la epidemia. 
“El cuerpo humano está compuesto por agua en un elevado porcentaje, demasiado para que pueda arder libremente, sin el concurso de una fuente externa de calor”, argüían con la autoridad que les proporcionaba la física. “Una fuente que debería de superar los 1700 grados centígrados si lo que se pretendía era reducir un cuerpo humano a cenizas”, añadían en su insistencia de la negación del fenómeno. 
Refugiado en casa, encendí la televisión para sintonizar con un canal al azar. En un programa sobre la actualidad callejera aparecía una entrevista dedicada al propietario de un moderno crematorio.
—Nosotros trabajamos con temperaturas de 870-980 grados centígrados y aún así los huesos del difunto no se consumen del todo, por lo que tenemos que molerlos antes de entregar los restos a la parentela. 
—¿Muelen los huesos?, ¿cómo hacen eso? ¿Puede hacernos una demostración? —preguntaba el entrevistador.
El empresario crematístico se dirigía hacia una de las dependencias de las instalaciones y las cámaras le seguían como perritos falderos. Se detenía frente a un aparato cuadrangular, parecido a un corriente electrodoméstico. Allí, rodeado de adminículos y maquinaria con ciertas semejanzas a la utilizada en la elaboración de bollería industrial, un ayudante vertía un cubo de falanges, tibias y peronés semichamuscados por la parte superior del aparato y el empresario pulsaba un botón. Estimulada por el trabajo de la molienda, la secadora vibraba con el runrún relajante de los murmullos acuáticos, semejante al sonido de una cafetera de última generación…” 
Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.
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    La llama de la sabiduría (parte II).

    “Mientras la gente se quemaba a nuestro alrededor, los científicos insistían en la imposibilidad del mencionado fenómeno causante de la epidemia.

    “El cuerpo humano está compuesto por agua en un elevado porcentaje, demasiado para que pueda arder libremente, sin el concurso de una fuente externa de calor”, argüían con la autoridad que les proporcionaba la física. “Una fuente que debería de superar los 1700 grados centígrados si lo que se pretendía era reducir un cuerpo humano a cenizas”, añadían en su insistencia de la negación del fenómeno.

    Refugiado en casa, encendí la televisión para sintonizar con un canal al azar. En un programa sobre la actualidad callejera aparecía una entrevista dedicada al propietario de un moderno crematorio.

    —Nosotros trabajamos con temperaturas de 870-980 grados centígrados y aún así los huesos del difunto no se consumen del todo, por lo que tenemos que molerlos antes de entregar los restos a la parentela.

    —¿Muelen los huesos?, ¿cómo hacen eso? ¿Puede hacernos una demostración? —preguntaba el entrevistador.

    El empresario crematístico se dirigía hacia una de las dependencias de las instalaciones y las cámaras le seguían como perritos falderos. Se detenía frente a un aparato cuadrangular, parecido a un corriente electrodoméstico. Allí, rodeado de adminículos y maquinaria con ciertas semejanzas a la utilizada en la elaboración de bollería industrial, un ayudante vertía un cubo de falanges, tibias y peronés semichamuscados por la parte superior del aparato y el empresario pulsaba un botón. Estimulada por el trabajo de la molienda, la secadora vibraba con el runrún relajante de los murmullos acuáticos, semejante al sonido de una cafetera de última generación…”
     

    Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.

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  • Una cuestión de palabras (parte II).
“A la mañana siguiente fui a visitarle a su casa. Raúl permanecía sentado en un rincón del comedor. Bebía cerveza de forma compulsiva, terminaba una lata y la espachurraba contra su joroba; arrojándola lejos de si. Por su estado anímico, pude adivinar fácilmente lo que había ocurrido. 
            —Vas a provocarle una callosidad a Ernestina —le dije.
            —Está acostumbrada, nunca protesta.
            —Por su permeabilidad mental, cosa que tiene ventajas e inconvenientes, las mujeres son proclives a creer en cualquier cosa; la magia y la mitología prenden fácil en ellas. Pero nunca te burles de sus afanes si lo que quieres es combatir los estragos de la castidad.
Conseguí una silla y una cerveza y me senté junto a él…”


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    Una cuestión de palabras (parte II).

    “A la mañana siguiente fui a visitarle a su casa. Raúl permanecía sentado en un rincón del comedor. Bebía cerveza de forma compulsiva, terminaba una lata y la espachurraba contra su joroba; arrojándola lejos de si. Por su estado anímico, pude adivinar fácilmente lo que había ocurrido.

                —Vas a provocarle una callosidad a Ernestina —le dije.

                —Está acostumbrada, nunca protesta.

                —Por su permeabilidad mental, cosa que tiene ventajas e inconvenientes, las mujeres son proclives a creer en cualquier cosa; la magia y la mitología prenden fácil en ellas. Pero nunca te burles de sus afanes si lo que quieres es combatir los estragos de la castidad.

    Conseguí una silla y una cerveza y me senté junto a él…”

    Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.

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Una cuestión de palabras (parte I)
            “Un día ocurrió, Raúl se echó novia. Me convocó en una cafetería cercana a su casa para presentármela. Era delgada, pelo corto y castaño, con rasgos y proporciones muy agradables; vamos, que estaba bastante buena. Cosa que, dado el físico maltrecho de mi amigo (dejémonos de rodeos, pese a su joroba), me provocó cierto asombro.
            —Tenías razón, Esmeralda pudo haber llegado a enamorarse de Quasimodo. ¡Menuda jaca atrapaste!, te felicito —me deshice en congratulaciones en cuanto ella se levantó de la mesa para acudir a los aseos. 
            —No creas, está conmigo por interés —dijo Raúl.
            —¿Por interés?, pero si tú eres un pelagatos.
            —No se trata de interés económico. Es maestra Reiki, está convencida que conseguirá suprimir mi joroba, o al menos reducir su volumen, con la simple imposición de manos.”
Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.
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    Una cuestión de palabras (parte I)

                “Un día ocurrió, Raúl se echó novia. Me convocó en una cafetería cercana a su casa para presentármela. Era delgada, pelo corto y castaño, con rasgos y proporciones muy agradables; vamos, que estaba bastante buena. Cosa que, dado el físico maltrecho de mi amigo (dejémonos de rodeos, pese a su joroba), me provocó cierto asombro.

                —Tenías razón, Esmeralda pudo haber llegado a enamorarse de Quasimodo. ¡Menuda jaca atrapaste!, te felicito —me deshice en congratulaciones en cuanto ella se levantó de la mesa para acudir a los aseos.

                —No creas, está conmigo por interés —dijo Raúl.

                —¿Por interés?, pero si tú eres un pelagatos.

                —No se trata de interés económico. Es maestra Reiki, está convencida que conseguirá suprimir mi joroba, o al menos reducir su volumen, con la simple imposición de manos.”

    Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.

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  • Pactos luciferinos (parte I)
“Un buen día, harto de que la vida no tuviera conmigo las debidas deferencias, decidí vender mi alma al diablo. No negaré que semejante intención era una muestra de mi escasa resistencia a las frustraciones, un síntoma preocupante de mi nula o más bien poca preparación como adulto, el resultado de asumir los valores morales de una sociedad infantilizada, mezquina y corta de miras. Pero dejémonos de superaciones personales y otras pamplinas presentes en los libros de autoayuda; yo era lo que era, un hombre de su tiempo incapacitado para nadar contra corriente, amante de lo inmediato e infiel a los esfuerzos del sacrificio, quería un montón de cosas y las quería ahora. De modo que, sin hacerme de rogar y respaldado por un pensamiento superchero en auge, dibujé un pentagrama en el suelo de una iglesia desacralizada ubicada entre las ruinas de un pueblo abandonado y, tras instalar un círculo de cirios en derredor, me dispuse a convocar al diablo con ayuda de un manual de nigromancia que adquirí en un súper; un libro de tapas blandas extraído de entre un montón de bestsellers depositados en la parte superior de un estante en cuyos apartados inferiores se exponían pareados de calcetines, pilas alcalinas, paquetes de chicles de variados sabores y ramilletes de bolígrafos de tinta azulada…”



 Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.
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    Pactos luciferinos (parte I)

    “Un buen día, harto de que la vida no tuviera conmigo las debidas deferencias, decidí vender mi alma al diablo. No negaré que semejante intención era una muestra de mi escasa resistencia a las frustraciones, un síntoma preocupante de mi nula o más bien poca preparación como adulto, el resultado de asumir los valores morales de una sociedad infantilizada, mezquina y corta de miras. Pero dejémonos de superaciones personales y otras pamplinas presentes en los libros de autoayuda; yo era lo que era, un hombre de su tiempo incapacitado para nadar contra corriente, amante de lo inmediato e infiel a los esfuerzos del sacrificio, quería un montón de cosas y las quería ahora. De modo que, sin hacerme de rogar y respaldado por un pensamiento superchero en auge, dibujé un pentagrama en el suelo de una iglesia desacralizada ubicada entre las ruinas de un pueblo abandonado y, tras instalar un círculo de cirios en derredor, me dispuse a convocar al diablo con ayuda de un manual de nigromancia que adquirí en un súper; un libro de tapas blandas extraído de entre un montón de bestsellers depositados en la parte superior de un estante en cuyos apartados inferiores se exponían pareados de calcetines, pilas alcalinas, paquetes de chicles de variados sabores y ramilletes de bolígrafos de tinta azulada…”

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  • Amores de sapo.  
            ”En casa de Raúl, seguimos bebiendo cerveza sin dejar de espachurrar los envases de aluminio, una vez agotado el contenido de los recipientes. La corteza metálica de las cervezas se achicaba como un acordeón malsonante al contacto violento de nuestros dedos. Para nosotros era una música placentera, formaba parte de un ritual de ingesta alcohólica. 
            —Dime una cosa —pronunció Raúl de pronto—. ¿Cómo te lo montas?
            —¿Cómo me monto el qué? —pregunté contrariado, entre sorbo y sorbo. 
            —El no perder la paciencia con el trato hacia las mujeres. Has tenido muchos naufragios, ¿no deberías limitarte a observar los barcos desde la orilla?…”
  Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.
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    Amores de sapo. 

                ”En casa de Raúl, seguimos bebiendo cerveza sin dejar de espachurrar los envases de aluminio, una vez agotado el contenido de los recipientes. La corteza metálica de las cervezas se achicaba como un acordeón malsonante al contacto violento de nuestros dedos. Para nosotros era una música placentera, formaba parte de un ritual de ingesta alcohólica.

                —Dime una cosa —pronunció Raúl de pronto—. ¿Cómo te lo montas?

                —¿Cómo me monto el qué? —pregunté contrariado, entre sorbo y sorbo.

                —El no perder la paciencia con el trato hacia las mujeres. Has tenido muchos naufragios, ¿no deberías limitarte a observar los barcos desde la orilla?…”

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  • " alt="El consejero presidencial.             “Vino a verme ayer, por última vez. Apoyó el mentón sobre la mesa, como solía hacer, y procedió a exponer su consulta, su miedo, su desazón ante el desmoronamiento de su país, del mundo entero. En aquella ocasión no hubo siquiera consulta, tan sólo lamentaciones.             —¿Cómo hemos llegado a esto?, ¿cómo fue posible?, ¿cómo no reaccionamos a tiempo?…”   Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’. Si te interesa nuestro anterior trabajo: ‘Sala de Despiece’ lo puedes encontrar en  http://es.united-pc.eu/libros/narrativa-novela/sala-de-despiece.html?L=6">

    El consejero presidencial.

                “Vino a verme ayer, por última vez. Apoyó el mentón sobre la mesa, como solía hacer, y procedió a exponer su consulta, su miedo, su desazón ante el desmoronamiento de su país, del mundo entero. En aquella ocasión no hubo siquiera consulta, tan sólo lamentaciones.

                —¿Cómo hemos llegado a esto?, ¿cómo fue posible?, ¿cómo no reaccionamos a tiempo?…”


      Trabajando en las ilustraciones del nuevo libro de relatos de Serafín Gimeno: ‘Cuentos Demenciales’.

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